Antes de la guerra, existió otra guerra. Antes de la tierra existió otra tierra. Antes del universo, existió otro universo.
Hay una entropía que va y viene; cuando todo es caos total, una forma de orden emerge para tomar el papel de dios, y jugar a hacer el universo.
Antes de dios, existió otro dios.
Antes de ser dios, era sonido.
Ohm.
Antes del sonido, existió otro sonido.
Antes de mí, existió otro mí que igual se acabó la vida contemplando la entropía crecer, se carbonizó y se volvió cenizas.
Y de esas cenizas, nací yo; naciste tú. Nacimos todos.
En el origen del universo (este universo) existí yo. Así es como el ciclo del Fénix se cierra, así es como el ciclo de ciclos se cierra para nunca acabar.
Porque antes de la realidad y la conciencia, existió un despertador que timbraba incesantemente por las mañanas para ir a trabajar.
Regresar de trabajar.
Descansar.
Soñar con un mejor mañana, donde contemplar la entropía era cosa que causaba placer.
Y despertarse e ir a trabajar.
Creamos el séptimo día para descansar, pero las putas ese día no descansan, ni los pensamientos, ni las licorerías.
Hay un animal en mí que se apiñona de pensamientos suicidas y formas de aclerar el cierre del ciclo.
Y hay un animal en mí que los cierra y los abre cada día, equilibrando el peso de la balanza existencial.
-Oficial, yo no maté al tal Alef
-Y diras que tampoco lo torturaste
-No
-¿Y esa pistola?
-Sólo es para jugar a ser dios.
Hay una serie de cosas que no te he dicho amor. Por ejemplo no te he dicho que en las noches de verano entraba el sol por mi ventana y me alegraba el día.
Ni te he dicho que no me gusta cómo me desordenas el cabello. Tampoco te he dicho lo mucho que soñaba en estar contigo cuando dormías a mi lado.
No te lo he dicho, ni te lo diré. Lo siento.
Cuando el Fénix amanece, amanece la tarde, y todas sus vespertinas bermejas razones. El Fénix vuela de espaldas, disfrutando del sol en el rostro, y las caricias de las nubes y los edificios, por el tiempo que le dure el corazón nuclear, o lo que es más común, la razón. Las noches que un recoveco no encuentra su veco, esas noches el Fénix muere, y se hace cenizas.
-One way ticket, please.
A veces olvido cómo fue que cree el universo. Hay días que la fuerza se me escapa en la borrachera y mato uno que otro niño por nacer. Hay noches que los bailes no paran hasta que mi corazón lo hace primero. Hay segundos que mi respiración se detiene, y entonces puedo recordar que cree el universo, y todas las formas de orden en él existentes, y entonces termino de destruirlo sólo para volver a crearlo, como si jugara un cubo de Rubrik, como si perdiera al ajedrez conmigo mismo y decidiera darme la revancha en pos del post. Hay noches que los conos de tránsito son sólo piezas en el tablero, vueltas en la ruleta, balas en el mortero. Otras veces me miro en el espejo y recuerdo que debo rehacer el universo y restaurar las aguas y los bombarderos, y las flores y los patios, y los amantes y los reves y los granaderos.
Momentos de lucidez, o en su defecto, de inercia. Esas otras veces también recuerdo limpiar la casa, y pagar los servicios.
Una tarde de invierno, Alef tomó el express matutino. Una tarde de invierno, Alef tomó el tren que no tenía destino, y lo pidió sin regreso. Su intención era irse lejos, a donde pudiera estar contemplando la entropía crecer en su barriga sin formar remolinos en su cabeza. Pagó, se giró mirando el boleto. Sonrió. Levantó la mirada y encontró los ojos más grises y bellos que hubiera visto. Sonrió de nuevo. Caminó un par de pasos hacia la máquina dispensadora de papel moneda, y entonces al pasar por los ojos grises, éstos le sonrieron. Y sintió el aroma de la primavera rozar su esqueleto. No se detuvo, continuó caminando, formando en su mente parajes eclipsados en el golfo de México, con sirenas y bellotas desdoblándose tras de él. Recreando el universo que estaba por destruir, recordando y desescribiendo la historia de los tiempos... Sólo entonces volteó a mirarle el culo. Éste también le sonrió.
-Hemos decidido únicamente penalizarle el asesinato y decomisarle el revolver.
-Menos mal, pensaba que también me condenarían los chocolates hurtados.
-Su condena es pasar 1.3 vidas encerrado.
-¿Sólo?
-No, consigo mismo.
-¡Madre mía! no regresaré a tiempo para el partido... ¿Y mi gato?
-Ya lo hemos puesto en rehabilitación.
Una criatura comenzó a latir en medio del silencio. En la arena reinaba una estática errante y difusa que cuchicheaba secretos del sistema. La criatura abrió su ojo, y miro el futuro, y entonces el futuro tomó forma. Llovía dentro del mar a chorros, y la estática se mezclaba en sí misma como aceite en el agua: irresoluta, incomprendida, estocástica. La criatura se arrastró hacia la orilla y por miles de años se quedó ahi varada, soñando. Entonces Llegó Alef a embotellarla para su colección de memorias. La nombró Sinora.
La mujer de los ojos grises tomó el mismo expresso. Esperaba sentada en una banca suspendida en el aire que giraba en la misma dirección y con la misma velocidad angular que la tierra. Consigo llevaba una pequeña bolsa magenta y una melena alborotada. El tren fue anunciado y entonces recobró el hilo de la realidad al escapar de sus pensamientos.
-¿De qué huyes?
-De mis pensamientos.
-Qué curioso, aseguraría que los vi subir al tren en lo que esperabas.
-Ni hablar. Ya me las arreglaré para evadirlos. ¿Tú de qué huyes?
-De ti.
Subieron los dos al tren y se quedaron viajando en silencio. Después de algunos años decidieron volver a hablarse: la mujer perguntó a Alef la hora. De ahi dejaron pasar unos meses más antes de revolcarse entre los vagones vacíos tantas y tantas veces que perdieron la cuenta. Después volvieron a quedar otro buen rato en silencio.
-Te he mentido - Rompió la mujer - No he venido huyendo a mis pensamientos.
-Lo sé, no los has abandonado ni un minuto. Sé que son turbios como el gondwana que alguna vez creamos juntos.
-He venido a matarte, Alef.
-Y por qué has tardado tanto?
-No encontraba mi revolver.
-Pues si lo dejé donde siempre que jugamos a ser diós.
-Pues también había que darle de comer al gato... Se quedó contento, jugando a corretear humanos enfrascados.
-Hay Alef, siempre serás la misma.
-Lo siento Alef, necesito comenzar de nuevo el universo.
Un disparo se escuchó en el éter que envolvía el tren, y éste se disolvió al instante como trozos de cristal diluyéndose en la noche.
La tarde de enero del año cero del ciclo cero, un sonido escapó su encierro al vacío.
Ohm.
Y una ráfaga de fuego cruzó los mares endorréicos. Nació entonces un ave de los corchetes del tiempo. De plumas calizas y pico perfecto. Flotando en la inmensidad. Suspendida. Fractálica y entrópica.
La criatura abrió su ojo, y miró.
Entonces existió el universo.





